Amando a Jesús | World Challenge

Amando a Jesús

Gary WilkersonDecember 17, 2018

¿Qué es lo que realmente significa Recibir y Dar?

Cuando has estado en un ministerio por un largo tiempo, empiezas a notar un movimiento pendular en los cambios de las enseñanzas en la iglesia. Algunas veces cierto énfasis sobre un tema en determinada temporada. Después se columpia en la dirección opuesta, por un tiempo.

Esto usualmente es algo bueno. Cada vez que un nuevo énfasis aparece, usualmente es porque la iglesia tiene una carencia en esa área. Vemos esto a través de la epístola de Pablo. En un momento está animando a los cristianos hacia una entrega en sacrificio, y después está reprobando el trabajo del legalismo religioso. El enfatiza la abundante e inagotable gracia de Dios, y rápidamente reprueba el terrible pecado, instruyéndonos a hacer regresar a los creyentes de las garras del enemigo. Obviamente, todas estas enseñanzas están bajo el poder del Espíritu Santo y cada una de ellas está hecha para las diferentes temporadas de nuestra vida.

Por algunos años atrás, los mensajes que he escrito han enfatizado el increíble amor de Dios hacia su pueblo. He sentido la importancia de animarlos en este sentido, porque he visto y escuchado a muchos que se quedan detenidos en el camino con una auto condenación cíclica. Se han sentido sin valor a los ojos de Dios por sus debilidades, sintiéndose descalificados para realizar el trabajo del reino al que Dios los llamó a realizar.

Mi énfasis ha sido el siguiente: “No podemos servirlo apropiadamente a menos que conozcamos la profundidad de su amor. Como Juan escribe, “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.””  (1ªJuan 4.19, RV1960).

Confío que usted se ha beneficiado de esa enseñanza. Entonces, en este último año, quizás usted se ha sentido un poco en el vaivén del péndulo. He escrito mucho de las obras de Jesús. Esto está relacionado a tomar el amor que Dios nos ha mostrado y apropiarnos de ese amor para nosotros. En otras palabras, si, absolutamente nosotros necesitamos recibir del amor de Dios dentro de nuestros corazones – y también es importante el amarle de vuelta.

Tenemos en definitiva un llamado a amar en Dios, como El nos ama.

¿Cómo se ve esto? No hay mejor ilustración Bíblica que la escena donde Jesús está teniendo una cena con los Fariseos cuando “una mujer de la calle” aparece.

“Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.” (Lucas 7.36-38).

Para mí, este es uno de los momentos más conmovedores ilustrados en toda la palabra de Dios. Hay una situación inusual:  Una mujer que podemos asumir que es una prostituta ha irrumpido la cena de un gran líder religioso. Es un momento incomodo – sin embargo, tiene todo que ver con la enseñanza de Juan, “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.”  El pasaje explica el porqué.

“Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.” (Lucas 7.39-43).

El punto de Jesús para Simón es claro. Él explica, “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.” (Lucas 7.4.).

Esta mujer, emocionalmente destruida por la vida que ella llevaba, sintió la amorosa gracia de Dios tan poderosa que ella no tenía remedio más que amarlo de vuelta. Así que ella inició el acto de sacrificio de amor -  uno que le costó mucho. Ella felizmente pagó el precio no solo en términos del costoso perfume, sino también por su propia dignidad. Llorando abiertamente, ella se ancló a los pies de Jesús y los lavó.

Que profundo momento íntimo; ella abrió su corazón completamente desnudo delante de todos, ha de haber sido muy penoso ante la gente que estaba a la mesa. Aun así, Jesús exalta esta situación por años. Hay un mensaje tierno de gracia en esta escena, pero no es solo para una mujer pecadora – sino principalmente para Simón el Fariseo.

No se ustedes, pero yo me identifico más con Simón en esta historia.

A nadie le gusta pensar de sí mismo como un escéptico Fariseo – rígido, figura moralista que se opone a Jesús. Pero como varios escritores cristianos apuntan, que las vidas de los Fariseos en las escrituras son las más parecidas a las nuestras.  No porque nosotros nos opongamos a Jesús, sino porque nos esforzamos por llevar una vida como ellos lo hacían. Y seamos realistas, nosotros raras veces nos sentimos que necesitamos ser perdonados.

No sé usted, pero un 95% de mi intimidad con Dios es cuando Él la inicia conmigo, y yo respondo. Su amor cae sobre mí de alguna manera – digamos, a través de la alabanza en la iglesia, cuando levanto mis manos hacia Él; o cuando estoy estudiando para predicar un sermón, y de pronto él se manifiesta para darme una palabra a tiempo. En esos momentos, yo respondo a su amor con una profunda gratitud.

¿Pero qué sucede en el resto del tiempo? ¿Qué pasa con todos esos momentos cuando no hay un equipo de adoración en frente de nosotros, o una unción en nuestros pensamientos?

Muchas veces en las primeras horas de en la mañana, no somos movidos o llevados a amar a Dios. ¿Qué tan seguido usted da el paso hacia Jesús diciendo: “Señor, quiero ministrarte a ti; Te quiero dar mi corazón a ti, en amor”?

Eso fue lo que la mujer pecadora hizo cuando vino a la cena de Simón. Ella había claramente experimentado de algún modo el perdón. Y en esa noche, ella hizo un esfuerzo especial para expresar su gratitud. Ella pagó un gran precio por un costoso perfume, supo dónde encontrar a Jesús, se humillo a sí misma en la presencia de extraños para derramar su gratitud, sin importar quien la juzgaría.

¿Pero qué pasó con Simón, el Fariseo? Estaba alarmado por el acto de la mujer. Cada señal mostraba que él era un buen tipo, con una vida moral de alta estima. Me puedo identificar con eso. Yo no tengo el testimonio dramático de un trabajador sexual, como la mujer pecadora, o como un alcohólico o un narcotraficante o un miembro de una pandilla.

Quizás usted es como yo – alguien que creció en un hogar bueno, educados en la buena moral, una vida consagrada al Señor desde siempre. Usted no se siente forzado a demostrar el amor a Jesús en la manera en que la mujer lo hizo. ¿Por qué?

Esa es la pregunta que Jesús le hizo a Simón. Y lo hizo al manifestarle 3 cosas:

“Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.” (Lucas 7.44-47).

Suavemente pero bien claro, Jesús le está diciendo a Simón, “Quizás el que necesita “mucho perdón” no es esta mujer. Quizá eres tú, Simón. Quizás tú no amas mucho porque no ves tu necesidad de perdón.”

Que fácil es para los cristianos – aún aquellos en el ministerio – verse a sí mismos necesitar tan poco el perdón.

Al ir leyendo este pasaje, me di cuenta instantáneamente que yo soy el que necesita que escuchar el mensaje de Jesús. Aunque no lo leo como una orden condenatoria “¡Debes ser más agradecido!” pues no hay indicios de que Simón fuera algo distinto a una persona piadosa.

No, leo las palabras de Jesús a Simón como una hermosa invitación. Es una invitación para responder a una pregunta incomoda que nos aflige a muchos de nosotros: “¿Por qué no siento más el amor de Jesús? ¿Y por qué no siento más amor por Él? La mayoría de los días se siente como si solo estuviera pasando la vida momento tras momento.”

Créame, estas preguntas afligen a muchas personas en el ministerio. Soy la sexta generación en mi familia dentro del ministerio, y estoy de igual manera orgulloso y humilde en esa realidad. Pero es tan sencillo para alguien como yo dejar pasar los días hasta el final sin pensar que necesito de Dios. Y mi pecado a considerar tiene las mismas consecuencias como la persona que está vendiendo droga en la esquina de la calle. ¿Por qué? Porque Jesús está olvidado en mi corazón, mientras que el mundo, que puso delante de mí, sigue dando vueltas en la obscuridad.

La belleza de esta conmovedora escena de Lucas es que Jesús nos está enseñando cómo amarlo. Es sorprendente que, aunque Él le está hablando a Simón, él mantuvo sus ojos en la mujer y su cruda demostración de amor. “Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: …, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.” (Lucas 7.44).

Es como si Jesús estuviera diciendo: “Tu pudiste haber estado haciendo esto también, Simón. La cena estuvo deliciosa, la plática teológica fue grandiosa, y esos son grandes regalos para mí. Pero lo único que quería de ti, era tu amor.”

Esta Navidad, de nueva cuenta celebramos el amor del Padre con el regalo más maravilloso que nos pudo dar. Pero, ¿cuál es tu respuesta? ¿vamos simplemente a pasar como viajero por todos los momentos? ¿O su increíble gracia hacia nosotros – un buen trabajo, una amada familia, niños que están a salvo y feliz – nos llevarán a arrodillarnos para lavar sus pies, y mojarlos con nuestras lágrimas de gratitud?

Yo le hago a usted la misma pregunta que me hice: “¿Cómo se vería que yo le amara a el de vuelta? ¿Y si  iniciara una intimidad con mi Salvador y Señor que me ama?” Yo le digo a cada persona que es “buena y correcta”, como yo: Estamos llamados a esparcir la flama del Amor de Dios. Pero no podemos dar algo que nosotros mismos no tenemos. Los insto a que reciban el amor de Dios – y que lo amen de vuelta. Ese es el profundo significado de recibir y dar – y es también el comienzo de una vida profundamente llena. Deseo que esta temporada pueda encontrar la más profunda comunión que jamás haya experimentado con su amado Señor y Salvador. ¡Amen!

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